martes, 13 de diciembre de 2016

Los días felices(segunda parte)

Ya había rebasado el mediodía y no pasó por mi cabeza volver a casa. Me detuve por unos minutos en el parque a ver cómo jugaban con sus trompos unos niños más grandes que yo, competían para ver cuál trompo seria destruido como castigo por ser el niño menos hábil en el juego; después de ver como entristecía uno de ellos al quedar con los despojos de un trompo que no volvería a la batalla, me encaminé a visitar a la tía Carmen y a mi primo Pedrito, con el que discutí con marcada necedad la cantidad de patas que tenía un pato. Semanas después corroboraría que tenían dos y no cuatro como yo había argumentado ingenuamente; fue ahí donde comí un rico caldo de pollo y me retiré satisfecho.
Mario sintió que un  nudo en la garganta lo asfixiaba, sabía que avanzaba pero no podía percibir sus propios pasos. Levantó la débil mirada y la luz del quinto piso ya estaba apagada, llegó a la puerta de la Facultad de Derecho y cayó inconsciente sobre el camino.
Todo había quedado listo en la casa; mi madre y mi hermana ya habían comido y salieron a buscarme, eran muchos los lugares donde podía estar, eran muchos los que me conocían, me habían visto por las calles; sería fácil encontrarme, sólo tendrían que seguir mis pasos.
Él no lo podía ver, pero una nueva luz aparecería en su camino, un auto que salía de la Facultad, tal vez el único que  estaba ahí esa noche, encontró su cuerpo ensangrentado aún con vida. --- ¡Mario, Mario, despierta!, le habló aquel hombre subiéndolo al asiento del copiloto. --- ¡Mario, Mario!, le sacudió la cabeza. Él abrió los ojos  lentamente  sin  completar  la  silueta  de una mirada, vio un rostro conocido: -- ¡Profesor!, lo reconoció y lo reconfortó esa imagen. El auto avanzó a gran velocidad, se alejó y con él se fue la única luz que delataba una presencia. Entre las sombras se detuvo la silueta enfurecida del cazador frustrado, la presa se alejaba.

--- Sí, comadre, aquí estuvo, jugó con Marito, se comió dos panes con camote y se fue, me delató doña María, como siempre; -- ¿Y no le dijo adónde iba?, siguió investigando mi madre; doña María salió de su casa y señalando mis pasos declaró: -- No dijo nada, pero se fue hacia allá, tal vez fue al parque donde hay muchos niños jugando, es temporada de trompos, informó la comadre, se despidió y cerró  su puerta.  Era verano y  el sol  brillaba aún  con  piedad  sobre  nosotros. -- ¡Cuando lo encuentres, castiga fuertemente a ese enano!, sugirió pacíficamente mi hermanita.--- ¡Siempre es lo mismo, nos hace perder el tiempo!, agregó sus buenos deseos la dulce niña. Dieron vuelta en la esquina que da hacia el parque donde encontrarían abundantes testigos; ahí estaba, un lugar polvoriento lleno de niños traviesos, todos con una función específica y trabajando para la diversión.

El maestro conducía rápidamente para salir del campus y buscar un hospital, volteaba a ver con desesperación al joven herido. --- Pero, ¿quién te hizo esto Mario?, le preguntó angustiado el docente, quien días antes había dicho en su clase: --- Señores, nadie está por encima de la ley en un país democrático como éste, y aquel que crea que puede evadirla sólo porque piense que es errónea, es una clara amenaza para el Estado. --- Un hombre vestido de negro y armado, me detuvo en la salida, respondió con una dolorosa dificultad. --- ¿Pero quién era?, ¿qué te dijo?, lo interrogó con incisiva curiosidad. --- No lo sé…, sólo dijo que ellos eran la ley, que no escaparía…, que el país requería mi muerte, respondía Mario, su voz languidecía y sus fuerzas se iban, cayó cansado, su conciencia volvió a visitar un sueño; no pudo ver que estas respuestas habían descompuesto el rostro de su maestro, que bajó la velocidad y se quedó viendo hacia el vacío con una clara idea que lo aterraba.

--- ¿Alguien ha visto a mi hijo?, preguntó mi madre sin saber la cantidad de respuestas que recibiría: --- Sí señora, yo lo vi, se fue a jugar Nintendo, respondió uno de ellos; --- No, no, no, él me dijo que se iría a comprar un trompo, informó el segundo; --- Yo le diré la verdad señora, se fue a robar naranjas al campo, afirmó otro con mayor seguridad. Uno tras otro argumentaba decir la verdad y saber dónde estaba exactamente el pequeño fugitivo. Cansada y confundida escuchaba la señora de mi casa todas esas respuestas, hasta que llegó doña Petra: --- No les haga caso comadre, qué imaginación tienen estos niños para inventar tanto disparate, ¡montón de mentirosos!, le aconsejó la vecina, hace dos horas, más o menos, lo vi en la salida del pueblo, le rogaba a Beto para que lo lleve en su bicicleta a visitar a su madre, despejaba las dudas de mi madrecita la atenta y confiable señora. Ella sabía que me encantaba ir a casa de doña Sofi a comer frutas y a ilusionarme con la promesa de Beto de armarme una bicicleta con las piezas de su taller. Pero no me encontraría, ya estaba muy lejos, tendría que esperar a que me entreguen por la noche.

Mario volvía a tomar fuerzas, no sabía cuánto tiempo había pasado, lo primero que oyó fueron suplicas de absolución: --- Perdóname Mario, no tenía opción, eres mi mejor alumno, pero ni tú ni yo podemos contra  esto, perdóname, se disculpó el profesor con una voz débil y entrecortada, pensando que el herido aún dormía. El carro se detuvo y la puerta se abrió sorpresivamente, lo tomaron sin ningún cuidado de los brazos y lo arrastraron hasta los pies del teniente Rivas. Aquel alumno ejemplar se convertía ahora por decreto en una amenaza para el Estado. Nadie puede imaginar ni atestiguar los sentimientos de todos los “Marios” que capturó el teniente Rivas, nadie vivió para contarlo. --- Gracias, profesor, usted siempre sabe qué elegir por su bien, váyase tranquilo. ¡Ah! y acuérdese: esto que saben todos, no se lo diga a nadie, despidió el militar al maestro, esbozando una sonrisa complacida. El Gringo y El Loco subieron la presa a la camioneta y se marcharon; eran hombres que hicieron patria llenado con sangre de “traidores” el último cuadro de nuestra bandera. En cuanto a mí, en la noche me entregaron a una madre un poco molesta y que me aplicó el mismo castigo de siempre: el baño con agua fría, lo cual explica mi actual aversión extrema a la lluvia invernal y a bañarme sin calentar el agua. Pero volví a escapar…, y muchas veces más.


2 comentarios:

  1. Me gusto, aunque se tiene un terrible final para uno de los escapistas, terrible realidad para quienes levantan la voz ante malos gobernantes.

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  2. asi es, en esa epoca nos llamaban terroristas a los estudiantes, inclusive hoy en dia quedo mucha de esa gente seguidora del chino que nos sigue diciendo terroristas a los que no apoyamos su partido.

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