Ya
había rebasado el mediodía y no pasó por mi cabeza volver a casa. Me detuve por
unos minutos en el parque a ver cómo jugaban con sus trompos unos niños más
grandes que yo, competían para ver cuál trompo seria destruido como castigo por
ser el niño menos hábil en el juego; después de ver como entristecía uno de
ellos al quedar con los despojos de un trompo que no volvería a la batalla, me
encaminé a visitar a la tía Carmen y a mi primo Pedrito, con el que discutí con
marcada necedad la cantidad de patas que tenía un pato. Semanas después
corroboraría que tenían dos y no cuatro como yo había argumentado ingenuamente;
fue ahí donde comí un rico caldo de pollo y me retiré satisfecho.
Mario
sintió que un nudo en la garganta lo
asfixiaba, sabía que avanzaba pero no podía percibir sus propios pasos. Levantó
la débil mirada y la luz del quinto piso ya estaba apagada, llegó a la puerta
de la Facultad de Derecho y cayó inconsciente sobre el camino.
Todo
había quedado listo en la casa; mi madre y mi hermana ya habían comido y
salieron a buscarme, eran muchos los lugares donde podía estar, eran muchos los
que me conocían, me habían visto por las calles; sería fácil encontrarme, sólo
tendrían que seguir mis pasos.
Él
no lo podía ver, pero una nueva luz aparecería en su camino, un auto que salía
de la Facultad, tal vez el único que
estaba ahí esa noche, encontró su cuerpo ensangrentado aún con vida. ---
¡Mario, Mario, despierta!, le habló
aquel hombre subiéndolo al asiento del copiloto. --- ¡Mario, Mario!, le sacudió la cabeza. Él abrió los ojos lentamente sin completar la silueta de una mirada, vio un rostro conocido: -- ¡Profesor!, lo reconoció y lo reconfortó
esa imagen. El auto avanzó a gran velocidad, se alejó y con él se fue la única
luz que delataba una presencia. Entre las sombras se detuvo la silueta
enfurecida del cazador frustrado, la presa se alejaba.
--- Sí, comadre, aquí estuvo, jugó con Marito,
se comió dos panes con camote y se fue, me delató doña María, como siempre; -- ¿Y no le dijo adónde iba?, siguió
investigando mi madre; doña María salió de su casa y señalando mis pasos
declaró: -- No dijo nada, pero se fue
hacia allá, tal vez fue al parque donde hay muchos niños jugando, es temporada
de trompos, informó la comadre, se despidió y cerró su puerta. Era verano y el sol brillaba aún con piedad sobre
nosotros. -- ¡Cuando lo encuentres, castiga fuertemente a ese enano!, sugirió
pacíficamente mi hermanita.--- ¡Siempre
es lo mismo, nos hace perder el tiempo!, agregó sus buenos deseos la dulce
niña. Dieron vuelta en la esquina que da hacia el parque donde encontrarían
abundantes testigos; ahí estaba, un lugar polvoriento lleno de niños traviesos,
todos con una función específica y trabajando para la diversión.
El
maestro conducía rápidamente para salir del campus y buscar un hospital,
volteaba a ver con desesperación
al
joven herido. --- Pero, ¿quién te hizo
esto Mario?, le preguntó angustiado el docente, quien días antes había
dicho en su clase: --- Señores, nadie
está por encima de la ley en un país democrático como éste, y aquel que crea
que puede evadirla sólo porque piense que es errónea, es una clara amenaza para
el Estado. --- Un hombre vestido de
negro y armado, me detuvo en la salida, respondió con una dolorosa
dificultad. --- ¿Pero quién era?, ¿qué te
dijo?, lo interrogó con incisiva curiosidad. --- No lo sé…, sólo dijo que ellos eran la ley, que no escaparía…, que el
país requería mi muerte, respondía Mario, su voz languidecía y sus fuerzas
se iban, cayó cansado, su conciencia volvió a visitar un sueño; no pudo ver que
estas respuestas habían descompuesto el rostro de su maestro, que bajó la
velocidad y se quedó viendo hacia el vacío con una clara idea que lo aterraba.
--- ¿Alguien ha visto a mi hijo?, preguntó
mi madre sin saber la cantidad de respuestas que recibiría: --- Sí señora, yo lo vi, se fue a jugar Nintendo,
respondió uno de ellos; --- No, no, no,
él me dijo que se iría a comprar un trompo, informó el segundo; --- Yo le diré la verdad señora, se fue a robar
naranjas al campo, afirmó otro con mayor seguridad. Uno tras otro
argumentaba decir la verdad y saber dónde estaba exactamente el pequeño fugitivo.
Cansada y confundida escuchaba la señora de mi casa todas esas respuestas,
hasta que llegó doña Petra: --- No les
haga caso comadre, qué imaginación tienen estos niños para inventar tanto disparate,
¡montón de mentirosos!, le aconsejó la vecina, hace dos horas, más o menos, lo vi en la salida del pueblo, le rogaba a
Beto para que lo lleve en su bicicleta a visitar a su madre, despejaba las
dudas de mi madrecita la atenta y confiable señora. Ella sabía que me encantaba
ir a casa de doña Sofi a comer frutas y a ilusionarme con la promesa de Beto de
armarme una bicicleta con las piezas de su taller. Pero no me encontraría, ya
estaba muy lejos, tendría que esperar a que me entreguen por la noche.
Mario
volvía a tomar fuerzas, no sabía cuánto tiempo había pasado, lo primero que oyó
fueron suplicas de absolución: --- Perdóname
Mario, no tenía opción, eres mi mejor alumno, pero ni tú ni yo podemos contra esto, perdóname, se disculpó el profesor
con una voz débil y entrecortada, pensando que el herido aún dormía. El carro
se detuvo y la puerta se abrió sorpresivamente, lo tomaron sin ningún cuidado
de los brazos y lo arrastraron hasta los pies del teniente Rivas. Aquel alumno
ejemplar se convertía ahora por decreto en una amenaza para el Estado. Nadie
puede imaginar ni atestiguar los sentimientos de todos los “Marios” que capturó
el teniente Rivas, nadie vivió para contarlo. --- Gracias, profesor, usted siempre sabe qué elegir por su bien, váyase
tranquilo. ¡Ah! y acuérdese: esto que saben todos, no se lo diga a nadie, despidió
el militar al maestro, esbozando una sonrisa complacida. El Gringo y El Loco
subieron la presa a la camioneta y se marcharon; eran hombres que hicieron
patria llenado con sangre de “traidores” el último cuadro de nuestra bandera. En
cuanto a mí, en la noche me entregaron a una madre un poco molesta y que me
aplicó el mismo castigo de siempre: el baño con agua fría, lo cual explica mi
actual aversión extrema a la lluvia invernal y a bañarme sin calentar el agua.
Pero volví a escapar…, y muchas veces más.
Me gusto, aunque se tiene un terrible final para uno de los escapistas, terrible realidad para quienes levantan la voz ante malos gobernantes.
ResponderEliminarasi es, en esa epoca nos llamaban terroristas a los estudiantes, inclusive hoy en dia quedo mucha de esa gente seguidora del chino que nos sigue diciendo terroristas a los que no apoyamos su partido.
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