Se
había olvidado del dolor y corría entre los edificios manchados con la pintura,
simuladora de sangre, que usaba el
ejército rojo para representar su tácita presencia; no encontraba refugio ni ayuda, ya era de noche
y aún no sabía qué estaba pasando. Lo único que tenía hasta entonces era miedo,
volvía el rostro y podía ver que no conseguía distancia para huir del teniente
Rivas, el verdugo que había dejado las huellas de su arma en el hombro de
Mario.
Por
la mañana, bajo el mismo cielo, bajo la mesa más cercana a la puerta, mi
pequeña cabeza elaboraba el plan para escapar una vez más y seguir conociendo
las calles que las fronteras de mi casa me habían negado; mi madre era
inmensamente amable y mi padre, aunque ausente todo el día, era mi ejemplo de
vida. Sin embargo, no querían que a mi corta edad saliera solo a la calle a
buscar respuestas claras que ya no podían darme lo conocido de mi cálido hogar.
Los
edificios grandes y grises desaparecían poco a poco en la oscuridad, las pocas luces
de la Universidad eran tenues y distantes; aún así, Mario Quispe no podía
desaparecer de los ojos de su experto
cazador. Cuánto tiempo más podría correr sin ser alcanzado por ese hombre o
ser atrapado por las mismas rejas que
resguardan a los estudiantes; Rivas le había dicho que el país requería su
muerte y nunca dio explicaciones del porqué, Mario se abalanzó sobre el
teniente y logró lanzarlo al suelo, pero no libró la bala que quedaría incrustada
en su hombro.
La
misión de escapar esa mañana era difícil, la puerta tenía el cerrojo más alto, dos vueltas con llave y
una cadenita que era fácil de quitar, pero requería segundos importantes.
Mi madre no dejaba detalles sueltos que
pudieran permitir mi fuga, ella sabía que mis ganas de salir ya habían librado
muchos obstáculos anteriormente y sus castigos no habían reprimido mi
curiosidad; sus múltiples actividades en
la casa y mis cálculos precisos en la rutina me daban las oportunidades que
necesitaba para cumplir mi objetivo.
Atravesó
con tropiezos la cancha de fútbol, ahí donde hace un mes había disfrutado de un
memorable partido con El Negro, El Chato y Luis Felipe, aquellos amigos que
extrañamente dejaron de ir a la Facultad hacía tres semanas, compañeros muy
inteligentes que alternaban sus clases con reuniones de un grupo de izquierda.
A Mario no le gustaban del todo ese tipo de reuniones y se negó por años a asistir, a pesar de la insistencia de su mejor
amigo Luis Felipe; -- ¿Qué, acaso no te
interesa lo que pasa en el país?, El Chino se apodera del Congreso, interviene
la prensa nacional y cierra los canales que no le caen en gracia, ¿y no piensas
hacer nada?, le recriminaba concienzudamente. Tropezó y fue a dar al suelo,
cuando un recuerdo le cayó pesadamente: había aceptado, hace aproximadamente
dos meses, ir por primera vez con su amigo a una reunión para discutir la
postura del grupo “Mariátegui” ante las acciones violentas del ejército rojo,
del cual, estuvieron siempre deslindados; intentaba creer que todo eso era una
pesadilla, volvió el dolor y volvió él a sus miedos cada vez más claros, giró
el rostro y vio aparecer en el horizonte
empastado al mensajero de las muertes injustas. Se incorporó con dificultad,
pues había dejado sus fuerzas en un charco de sangre aún viva; parecía claro
que su presencia en aquella discusión política era la culpa perseguida. Al El Ruso,
jefe del servivio de Inteligencia, no se le escapa nada, eso decían los que
temían represalias del gobierno. Se arrepintió de ese día y siguió corriendo.
Minutos
antes me había visto jugar tranquilamente en el pasillo, ya le había abierto la
puerta del patio a un cómplice, para después desaparecer en el lugar y momento
exacto; ella cocinaba apresuradamente cuando por fin tocó a la puerta la
involuntaria partícipe de mi huida. Toña, la experta en noticias del barrio,
venia nuevamente por un vasito de aceite, la puerta había perdido todos sus
amarres pero ahí estaba la voluptuosa vecina, obstruyendo el paso y con esos
enormes ojos delatores nunca me dejaría salir; mi madre le entregó con prisa el
aceite y vio cómo el perro se encaminaba a tomar una deliciosa pieza de pollo
abandonado por segundos en la mesa, cerró descortés e imprudentemente la puerta
ante mi satisfacción bajo la mesa y corrió con la escoba en las manos. Minutos
después con el pollo de la comida a salvo, entró en razón, vio hacia la puerta
que aún tenía el movimiento oscilante que delataba mi ausencia.
¡No corras, Mario, no podrás escapar!, le
gritó el teniente, ¡nadie podrá ayudarte,
nosotros somos la ley!, aseguró Rivas con tranquilidad. Había perdido mucha
sangre, sus ojos disipaban poco a poco la escasa luz que había en su incierto
camino. Vio a lo lejos una esperanza,
las lámparas del quinto piso de su Facultad estaban encendidas, alguien
conocido estaría ahí, alguien que podría ayudarle. Usaría los pasos que le
quedaban para llegar, aún tenía la distancia necesaria para alcanzar su
inminente refugio.
Cuando
mi madre salió con la esperanza de verme y regresarme con un grito amenazante,
yo ya había desaparecido. Nunca fui físicamente rápido pero guardaba ciertos
secretos para ocultarme de su vista; ella guardaba su coraje y seguía con sus
múltiples tareas, había mucho quehacer y este pequeñín estaría, por lo menos,
seguro en las cortas calles del pueblo.
Hace
tres semanas en una cantina del centro limeño, El Chato, El Negro, Luis Felipe
y tres compañeros más, discutían frenéticamente sobre el paupérrimo avance que
había tenido la resistencia pacífica de la organización que bautizaron como
“Mariátegui”; durante más de media hora se había apoderado del uso de la
palabra, en una tediosa y extensa perorata, el líder del grupo, Pablo Méndez,
quien citando constantemente las frases de José Carlos Mariátegui, justificó la
metodología que seguían hasta ese momento los integrantes de su reducida
organización estudiantil. –- ¡Al chino le
importa un carajo lo que dice Mariátegui!, interrumpió El Negro abruptamente
el discurso de Pablo. Usualmente se quedaba callado, pero ahora tenía el valor
de las dos cervezas que se había bebido en menos de veinte minutos. -- ¡Sea cual sea nuestra ideología, pacíficos o
violentos, para El Chino somos lo mismo y además…!, el ruido estridente de una
camioneta negra al frenar, no dejó terminar el comentario de El Negro.
Mi
madre intentó enseñarme lo que eran los límites, yo intenté entenderlo; sin
embargo, cuando ya tenía conquistada esa ligera libertad de las calles, me
dedicaba a entender la vida, aunque me gastara éste y más días, aunque para eso
tuviera que escapar otras veces de mi casa, de mi pueblo, de mi ciudad o de lo
que algunos, que sí entendieron los límites, hoy llaman realidad. Usaba la
mañana para visitar a varias personas; en la casa de Mario comimos unos ricos
panes con camote acompañados de un sabroso y caliente vaso de leche. Su madre
me había visto llegar a esas horas en
varias ocasiones, le gustaba contemplar mi cara al ver salir las rodajas
humeantes de camotes fritos, apretaba una de mis gordas mejillas y me
preguntaba cuántos panes quería; jugaba unos minutos con los juguetes de Mario
para después despedirme y salir a mi azaroso itinerario.
--- ¡Ese tío maneja como un loco!, murmuró
El Chato. Rápidamente bajaron cinco hombres fuertemente armados; esto asustó a
los muchachos que aún no podían imaginar lo que estaba pasando. Al final y
lentamente bajó de la camioneta un hombre que ocultaba sus ojos detrás de una
gafas oscuras, era Rivas, el brazo derecho de El Ruso. Con una mirada y un
gesto mandó guardarse al encargado de la cantina. --- Tranquilos, hijos, sólo vamos a dar un paseo, advirtió el teniente con voz grave. --- ¡Vamos, súbanse!, ordenó. Esto alteró aún
más a los compañeros que sólo atinaron a pedir explicaciones. El Negro no pudo
contener su nerviosismo y en un impulso irracional se lanzó a correr. Automáticamente
el mejor ubicado lo detuvo con una certera descarga de su arma. Aquel ruido,
jamás experimentado por los jóvenes los lanzó al piso e hizo que el creciente
miedo se convirtiera en terror y les brotara en forma de lágrimas. --- ¡Vamos carajo, arriba!, gritó el líder y
mandó subirlos con los golpes necesarios. Al día siguiente, Lima amaneció sin
novedad, el país cada día mejor y la niebla volvió a cubrir media ciudad.
Interesantes historias. Dos diferentes propositos de escape. Espero la segunda parte.
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