viernes, 23 de diciembre de 2016

El Beso



Te veo desde lejos
sin saber que eres tú,
pero te veo, imagino; 
te acercas con certeza
y toco tu presencia.
Tus labios muestran
el camino del alma,
y tus ojos con calma
se cierran para ver;
tu boca se ilumina 
en la silueta de tu voz callada,
me besas y te beso
y entiendo el amor por un instante infinito,
 ese sabor divino
que se siente entre los dos.
Llueve,
se mojan tus colores,
la noche tiene luna
y por alguna razón 
yo te quiero,
se disuelven mis ideas;
te veo,
pasas,
no me ves,
te vas...
y yo aún te quiero.

martes, 13 de diciembre de 2016

Los días felices(segunda parte)

Ya había rebasado el mediodía y no pasó por mi cabeza volver a casa. Me detuve por unos minutos en el parque a ver cómo jugaban con sus trompos unos niños más grandes que yo, competían para ver cuál trompo seria destruido como castigo por ser el niño menos hábil en el juego; después de ver como entristecía uno de ellos al quedar con los despojos de un trompo que no volvería a la batalla, me encaminé a visitar a la tía Carmen y a mi primo Pedrito, con el que discutí con marcada necedad la cantidad de patas que tenía un pato. Semanas después corroboraría que tenían dos y no cuatro como yo había argumentado ingenuamente; fue ahí donde comí un rico caldo de pollo y me retiré satisfecho.
Mario sintió que un  nudo en la garganta lo asfixiaba, sabía que avanzaba pero no podía percibir sus propios pasos. Levantó la débil mirada y la luz del quinto piso ya estaba apagada, llegó a la puerta de la Facultad de Derecho y cayó inconsciente sobre el camino.
Todo había quedado listo en la casa; mi madre y mi hermana ya habían comido y salieron a buscarme, eran muchos los lugares donde podía estar, eran muchos los que me conocían, me habían visto por las calles; sería fácil encontrarme, sólo tendrían que seguir mis pasos.
Él no lo podía ver, pero una nueva luz aparecería en su camino, un auto que salía de la Facultad, tal vez el único que  estaba ahí esa noche, encontró su cuerpo ensangrentado aún con vida. --- ¡Mario, Mario, despierta!, le habló aquel hombre subiéndolo al asiento del copiloto. --- ¡Mario, Mario!, le sacudió la cabeza. Él abrió los ojos  lentamente  sin  completar  la  silueta  de una mirada, vio un rostro conocido: -- ¡Profesor!, lo reconoció y lo reconfortó esa imagen. El auto avanzó a gran velocidad, se alejó y con él se fue la única luz que delataba una presencia. Entre las sombras se detuvo la silueta enfurecida del cazador frustrado, la presa se alejaba.

--- Sí, comadre, aquí estuvo, jugó con Marito, se comió dos panes con camote y se fue, me delató doña María, como siempre; -- ¿Y no le dijo adónde iba?, siguió investigando mi madre; doña María salió de su casa y señalando mis pasos declaró: -- No dijo nada, pero se fue hacia allá, tal vez fue al parque donde hay muchos niños jugando, es temporada de trompos, informó la comadre, se despidió y cerró  su puerta.  Era verano y  el sol  brillaba aún  con  piedad  sobre  nosotros. -- ¡Cuando lo encuentres, castiga fuertemente a ese enano!, sugirió pacíficamente mi hermanita.--- ¡Siempre es lo mismo, nos hace perder el tiempo!, agregó sus buenos deseos la dulce niña. Dieron vuelta en la esquina que da hacia el parque donde encontrarían abundantes testigos; ahí estaba, un lugar polvoriento lleno de niños traviesos, todos con una función específica y trabajando para la diversión.

El maestro conducía rápidamente para salir del campus y buscar un hospital, volteaba a ver con desesperación al joven herido. --- Pero, ¿quién te hizo esto Mario?, le preguntó angustiado el docente, quien días antes había dicho en su clase: --- Señores, nadie está por encima de la ley en un país democrático como éste, y aquel que crea que puede evadirla sólo porque piense que es errónea, es una clara amenaza para el Estado. --- Un hombre vestido de negro y armado, me detuvo en la salida, respondió con una dolorosa dificultad. --- ¿Pero quién era?, ¿qué te dijo?, lo interrogó con incisiva curiosidad. --- No lo sé…, sólo dijo que ellos eran la ley, que no escaparía…, que el país requería mi muerte, respondía Mario, su voz languidecía y sus fuerzas se iban, cayó cansado, su conciencia volvió a visitar un sueño; no pudo ver que estas respuestas habían descompuesto el rostro de su maestro, que bajó la velocidad y se quedó viendo hacia el vacío con una clara idea que lo aterraba.

--- ¿Alguien ha visto a mi hijo?, preguntó mi madre sin saber la cantidad de respuestas que recibiría: --- Sí señora, yo lo vi, se fue a jugar Nintendo, respondió uno de ellos; --- No, no, no, él me dijo que se iría a comprar un trompo, informó el segundo; --- Yo le diré la verdad señora, se fue a robar naranjas al campo, afirmó otro con mayor seguridad. Uno tras otro argumentaba decir la verdad y saber dónde estaba exactamente el pequeño fugitivo. Cansada y confundida escuchaba la señora de mi casa todas esas respuestas, hasta que llegó doña Petra: --- No les haga caso comadre, qué imaginación tienen estos niños para inventar tanto disparate, ¡montón de mentirosos!, le aconsejó la vecina, hace dos horas, más o menos, lo vi en la salida del pueblo, le rogaba a Beto para que lo lleve en su bicicleta a visitar a su madre, despejaba las dudas de mi madrecita la atenta y confiable señora. Ella sabía que me encantaba ir a casa de doña Sofi a comer frutas y a ilusionarme con la promesa de Beto de armarme una bicicleta con las piezas de su taller. Pero no me encontraría, ya estaba muy lejos, tendría que esperar a que me entreguen por la noche.

Mario volvía a tomar fuerzas, no sabía cuánto tiempo había pasado, lo primero que oyó fueron suplicas de absolución: --- Perdóname Mario, no tenía opción, eres mi mejor alumno, pero ni tú ni yo podemos contra  esto, perdóname, se disculpó el profesor con una voz débil y entrecortada, pensando que el herido aún dormía. El carro se detuvo y la puerta se abrió sorpresivamente, lo tomaron sin ningún cuidado de los brazos y lo arrastraron hasta los pies del teniente Rivas. Aquel alumno ejemplar se convertía ahora por decreto en una amenaza para el Estado. Nadie puede imaginar ni atestiguar los sentimientos de todos los “Marios” que capturó el teniente Rivas, nadie vivió para contarlo. --- Gracias, profesor, usted siempre sabe qué elegir por su bien, váyase tranquilo. ¡Ah! y acuérdese: esto que saben todos, no se lo diga a nadie, despidió el militar al maestro, esbozando una sonrisa complacida. El Gringo y El Loco subieron la presa a la camioneta y se marcharon; eran hombres que hicieron patria llenado con sangre de “traidores” el último cuadro de nuestra bandera. En cuanto a mí, en la noche me entregaron a una madre un poco molesta y que me aplicó el mismo castigo de siempre: el baño con agua fría, lo cual explica mi actual aversión extrema a la lluvia invernal y a bañarme sin calentar el agua. Pero volví a escapar…, y muchas veces más.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Los días felices (primera parte)

Se había olvidado del dolor y corría entre los edificios manchados con la pintura, simuladora  de sangre, que usaba el ejército rojo para representar su tácita presencia; no encontraba refugio ni ayuda, ya era de noche y aún no sabía qué estaba pasando. Lo único que tenía hasta entonces era miedo, volvía el rostro y podía ver que no conseguía distancia para huir del teniente Rivas, el verdugo que había dejado las huellas de su arma en el hombro de Mario.

Por la mañana, bajo el mismo cielo, bajo la mesa más cercana a la puerta, mi pequeña cabeza elaboraba el plan para escapar una vez más y seguir conociendo las calles que las fronteras de mi casa me habían negado; mi madre era inmensamente amable y mi padre, aunque ausente todo el día, era mi ejemplo de vida. Sin embargo, no querían que a mi corta edad saliera solo a la calle a buscar respuestas claras que ya no podían darme lo conocido de mi cálido hogar.

Los edificios grandes y grises desaparecían poco a poco en la oscuridad, las pocas luces de la Universidad eran tenues y distantes;  aún así, Mario Quispe no podía desaparecer  de los ojos de su experto cazador. Cuánto tiempo más podría correr sin ser alcanzado por ese hombre o ser  atrapado por las mismas rejas que resguardan a los estudiantes; Rivas le había dicho que el país requería su muerte y nunca dio explicaciones del porqué, Mario se abalanzó sobre el teniente y logró lanzarlo al suelo, pero no libró la bala que quedaría incrustada en su hombro.

La misión de escapar esa mañana era difícil, la puerta tenía  el cerrojo más alto, dos vueltas con llave y una cadenita que era fácil de quitar, pero requería segundos importantes. Mi  madre no dejaba detalles sueltos que pudieran permitir mi fuga, ella sabía que mis ganas de salir ya habían librado muchos obstáculos anteriormente y sus castigos no habían reprimido mi curiosidad; sus múltiples actividades  en la casa y mis cálculos precisos en la rutina me daban las oportunidades que necesitaba para cumplir mi objetivo.
Atravesó con tropiezos la cancha de fútbol, ahí donde hace un mes había disfrutado de un memorable partido con El Negro, El Chato y Luis Felipe, aquellos amigos que extrañamente dejaron de ir a la Facultad hacía tres semanas, compañeros muy inteligentes que alternaban sus clases con reuniones de un grupo de izquierda. A Mario no le gustaban del todo ese tipo de reuniones y se negó  por  años  a  asistir, a pesar de la insistencia de su mejor amigo Luis Felipe; -- ¿Qué, acaso no te interesa lo que pasa en el país?, El Chino se apodera del Congreso, interviene la prensa nacional y cierra los canales que no le caen en gracia, ¿y no piensas hacer nada?, le recriminaba concienzudamente. Tropezó y fue a dar al suelo, cuando un recuerdo le cayó pesadamente: había aceptado, hace aproximadamente dos meses, ir por primera vez con su amigo a una reunión para discutir la postura del grupo “Mariátegui” ante las acciones violentas del ejército rojo, del cual, estuvieron siempre deslindados; intentaba creer que todo eso era una pesadilla, volvió el dolor y volvió él a sus miedos cada vez más claros, giró el rostro y vio  aparecer en el horizonte empastado al mensajero de las muertes injustas. Se incorporó con dificultad, pues había dejado sus fuerzas en un charco de sangre aún viva; parecía claro que su presencia en aquella discusión política era la culpa perseguida. Al El Ruso, jefe del servivio de Inteligencia, no se le escapa nada, eso decían los que temían represalias del gobierno. Se arrepintió de ese día  y siguió corriendo.

Minutos antes me había visto jugar tranquilamente en el pasillo, ya le había abierto la puerta del patio a un cómplice, para después desaparecer en el lugar y momento exacto; ella cocinaba apresuradamente cuando por fin tocó a la puerta la involuntaria partícipe de mi huida. Toña, la experta en noticias del barrio, venia nuevamente por un vasito de aceite, la puerta había perdido todos sus amarres pero ahí estaba la voluptuosa vecina, obstruyendo el paso y con esos enormes ojos delatores nunca me dejaría salir; mi madre le entregó con prisa el aceite y vio cómo el perro se encaminaba a tomar una deliciosa pieza de pollo abandonado por segundos en la mesa, cerró descortés e imprudentemente la puerta ante mi satisfacción bajo la mesa y corrió con la escoba en las manos. Minutos después con el pollo de la comida a salvo, entró en razón, vio hacia la puerta que aún tenía el movimiento oscilante que delataba mi ausencia.

¡No corras, Mario, no podrás escapar!, le gritó el teniente, ¡nadie podrá ayudarte, nosotros somos la ley!, aseguró Rivas con tranquilidad. Había perdido mucha sangre, sus ojos disipaban poco a poco la escasa luz que había en su incierto camino. Vio a lo lejos una esperanza, las lámparas del quinto piso de su Facultad estaban encendidas, alguien conocido estaría ahí, alguien que podría ayudarle. Usaría los pasos que le quedaban para llegar, aún tenía la distancia necesaria para alcanzar su inminente refugio.
Cuando mi madre salió con la esperanza de verme y regresarme con un grito amenazante, yo ya había desaparecido. Nunca fui físicamente rápido pero guardaba ciertos secretos para ocultarme de su vista; ella guardaba su coraje y seguía con sus múltiples tareas, había mucho quehacer y este pequeñín estaría, por lo menos, seguro en las cortas calles del pueblo.

Hace tres semanas en una cantina del centro limeño, El Chato, El Negro, Luis Felipe y tres compañeros más, discutían frenéticamente sobre el paupérrimo avance que había tenido la resistencia pacífica de la organización que bautizaron como “Mariátegui”; durante más de media hora se había apoderado del uso de la palabra, en una tediosa y extensa perorata, el líder del grupo, Pablo Méndez, quien citando constantemente las frases de José Carlos Mariátegui, justificó la metodología que seguían hasta ese momento los integrantes de su reducida organización estudiantil. –- ¡Al chino le importa un carajo lo que dice Mariátegui!, interrumpió El Negro abruptamente el discurso de Pablo. Usualmente se quedaba callado, pero ahora tenía el valor de las dos cervezas que se había bebido en menos de veinte minutos. -- ¡Sea cual sea nuestra ideología, pacíficos o violentos, para El Chino somos lo mismo y además…!, el ruido estridente de una camioneta negra al frenar, no dejó terminar el comentario de El Negro.

Mi madre intentó enseñarme lo que eran los límites, yo intenté entenderlo; sin embargo, cuando ya tenía conquistada esa ligera libertad de las calles, me dedicaba a entender la vida, aunque me gastara éste y más días, aunque para eso tuviera que escapar otras veces de mi casa, de mi pueblo, de mi ciudad o de lo que algunos, que sí entendieron los límites, hoy llaman realidad. Usaba la mañana para visitar a varias personas; en la casa de Mario comimos unos ricos panes con camote acompañados de un sabroso y caliente vaso de leche. Su madre me había  visto llegar a esas horas en varias ocasiones, le gustaba contemplar mi cara al ver salir las rodajas humeantes de camotes fritos, apretaba una de mis gordas mejillas y me preguntaba cuántos panes quería; jugaba unos minutos con los juguetes de Mario para después despedirme y salir a mi azaroso itinerario.

--- ¡Ese tío maneja como un loco!, murmuró El Chato. Rápidamente bajaron cinco hombres fuertemente armados; esto asustó a los muchachos que aún no podían imaginar lo que estaba pasando. Al final y lentamente bajó de la camioneta un hombre que ocultaba sus ojos detrás de una gafas oscuras, era Rivas, el brazo derecho de El Ruso. Con una mirada y un gesto mandó guardarse al encargado de la cantina. --- Tranquilos, hijos, sólo vamos a dar un paseo,  advirtió el teniente con voz grave. --- ¡Vamos, súbanse!, ordenó. Esto alteró aún más a los compañeros que sólo atinaron a pedir explicaciones. El Negro no pudo contener su nerviosismo y en un impulso irracional se lanzó a correr. Automáticamente el mejor ubicado lo detuvo con una certera descarga de su arma. Aquel ruido, jamás experimentado por los jóvenes los lanzó al piso e hizo que el creciente miedo se convirtiera en terror y les brotara en forma de lágrimas. --- ¡Vamos carajo, arriba!, gritó el líder y mandó subirlos con los golpes necesarios. Al día siguiente, Lima amaneció sin novedad, el país cada día mejor y la niebla volvió a cubrir media ciudad.

martes, 6 de diciembre de 2016

Si nos queda la vida

Si nos queda la vida

Si  nos queda la vida,
la palaba amor importa,
no importan las razones…
importas tú.

Si un rayo de sol toca tu mano
y te quedan los sentidos,
no digas nada,
ama.

Y si un día de estos
ya no puedes entenderme
busca este momento
y olvídame…
olvídame si puedes.

Y si nos queda la vida
una tarde cualquiera,
y somos dos
y hay recuerdos,
dime adiós,
dime adiós si quieres,
pero no finjas que vives
ni digas que mueres.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Diferente

Diferente
Ella es:
todo lo demás
a lo que siempre dije;
se toca el pensamiento
con el inevitable deseo de vivir;
mira el cielo,
cierra los ojos
y dice NO.

y  qué harías tú?
si después de llenar
la tristeza de ti,
la ves estallar
salpicando todo tu mundo
de todas tus nostalgias,
y después  de todo,
de todo y de todos
aun estas tú.

ella me atrae
con esa gravedad de la distancia,
con ese silencio,
con esas preguntas interminables
que  ya no buscan respuestas,
cuando como una existencia,
al ser, solo al ser,
te dan en su conjunto
una respuesta.

Ella es un poema
que da razón a la locura,
el preludio de una idea
que al buscarse
en el fondo de una vida,
se hace nube de
una calle humedecida.

Ella es lo que me inspira,
sin decir nada,
a buscarme una palabra;
porque ella es
como pocos
además de diferente…

diferente.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Crónica de una muerte esperada

Crónica de una muerte esperada

Como de costumbre, una de tantas mañanas después de salir del juzgado donde seguía un proceso tedioso y largo para conseguir ver nuevamente a mi hija, seguí mi camino por las calles adormiladas del centro de la “Ciudad de los Palacios”, coincidiendo en ese instante con la mirada imponente del Palacio de Bellas Artes, me detuve a comprar un libro que me pudiera acompañar  por unos días; finalmente me decidí, como pocas veces, por un libro de poesía.
Al irme a desayunar dudé entre degustar algo ligero en un café de tantos que me rodeban o devorar unas piezas de pollo del “coronel”,  lo segundo me pareció más atractivo y me dirigí a ordenar mi ración, no me quedó más que decir que sí a todo lo que decía el hombre de rojo que hablaba con una peculiar rapidez y mecánica cordialidad; cuando me dirigía a una mesa recordé a los amigos de la férrea izquierda, que dirían de manera  tajante: “además de comer carne, a lo cual nos oponemos, alimentas con tu compra al repudiable capitalismo”, yo solo pensaba en ese momento saciar mi hambre e irme a trabajar.
Apenas había empezado con una pierna de pollo, cuando entro a escena un personaje que en el nombre lleva un marcado desprecio, en  el horizonte de un piso impecable apareció una aturdida y lánguida cucaracha, y no quiero repetir su nombre, por lo cual la llamaremos simplemente animal; así pues el animal tan lejano a mí, no me causo gran preocupación, al menos no tanto como al joven que se encontraba dos mesas delante de mí , quien empezó a dar intervalos de miradas entre su alimento y la marcha lenta de aquel  negruzco insecto. Yo ya había sido envuelto por mis ideas; pensaba, acode a lo sucedido en el juzgado, en mi hija;-¿qué le diría al verla?,-¿ qué edad tendría entonces?, y soñaba despierto-hola, ¿Cómo estás?-la  saludaría,-bien, - ¿te acuerdas de mí?; me angustiaba saber  su respuesta, no podía imaginarlo, ¿y si dice no?, le diría acaso que soy su padre o solo sería un amigo por un tiempo, ¿y si no le caigo bien?; volví a ver al animal moverse y la angustia del comensal que no le perdía el rastro a pesar de que el moribundo invitado había cambiado de ruta, ahora si se acercaba cada vez más a mi lugar, ya tenía mi atención.
Cuántas veces, sin tener al sujeto en cuestión, me había puesto a pensar en lo qué era el asco, ¿sería en realidad, como yo pensaba, algo sumamente irracional?, porque para mí el asco era una sensación adquirida por fines evolutivos, ya que por lo general nos lo causan cosas o sujetos que nos podrían transmitir algún tipo de patógeno, sin embargo casi siempre  los seres humanos hemos llevado al extremo esa aversión, porque ver a un ser posiblemente infectante a cierta distancia no me causará ningún daño. Volvió a cambiar  radicalmente la ruta sin sentido, al parecer la pequeñita era atraída por el desprecio, ¿Qué estaría pasando por la mente de aquel hombre?, ¿acaso estaría arrepentido de haberse decidido a desayunar pollo ese día?, no podía comer en paz, una mirada más, eran unos centímetros más cerca, se detenía; Él comía, no sé  si con el mismo placer que lo hacía yo, pero lo que si me sorprendía era, que  habiendo tantas mesas vacias, por qué no se movía de ahí.
Días antes había escrito un poema sobre la depresión, la angustia y la muerte; depresión que aún no me había tocado, una angustia que nunca había experimentado en el grado que expresé y una muerte que me había rondado toda la vida; esos temas me recordaron la variada visión de la realidad que hay en cada persona. Los sentimientos, a los cuales me había negado de manera inconsciente, ahora me hacen entender los colores de la vida, los errores y su intensidad; por todo esto intentaba comprender que sentía ese ser humano, qué tipo de angustia podía existir en Él y qué debía de empezar a sentir yo.
Ya se había acercado demasiado, la angustia se delataba en la contracción de sus hombros. Yo volví a encontrarme con mis pensamientos radicalmente lejanos a la situación,  y me acorde  de ella, de la forma en que su presencia en mi vida había deslucido mi aprecio por la soledad; mis horas de soñar despierto se incrementaron después de saber su nombre, y aunque mis creencias no me habían permitido entender lo eterno, la poesía me había dejado un verso soñador: “cómo será la vida cuando conoce un siempre”.
No soportó más, se levantó con segura agresividad y pateo torpemente a la moribunda, tal vez ahí termino su historia o, como cuentan las leyendas urbanas, son seres casi inmortales y solo esperaría la postura correcta para seguir caminando.
Segundos después me paré, recogí mis pensamientos, vi por última vez el posible cadáver y me fui.

Diadel


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