miércoles, 7 de marzo de 2018

TE ESCRIBO



Te escribo,
para perdonar el tiempo
que paso sin ti,
todas las horas
que paso tocando mis dedos
contra estas hojas ciegas,
vivas
y necias.

Te digo lo que siento
triturando  palabras
que caducan en dolor
sin la conciencia del olvido,
sin decir tu nombre
ni cuantos días van,
sin saber si me he rendido
o mañana volveré.

Solo  a veces te dejo encuadernada
sobre una mesa,
olvidando  cuanto quiero que me quieras,
me viste como siempre
la sonrisa de la mañana,
abro la ventana
Y salgo a buscarte sueños
Tengan
O no tengan dueños.

jueves, 2 de marzo de 2017

Sin ti

   



un día
me curaré la voz de verdades,
y soñaré junto a este silencio,
junto a este principio de vivir
y de no saber.
Y amaré
sin que estés TU.


Mostrando Karola Kolin 20170301_092848.jpg
poema ilustrado por la artista Kariana Colín

viernes, 10 de febrero de 2017

Ayer

Si ayer sentí
todo esto que hoy
puedo pensar,
tendré que aprender
a escribir tristeza
sin lastimar la vida;
y tendré que dejar
de hablar de Dios
con Dios,
y convertirme  en creación.

Quiénes  somos
después de negar a Dios
sin ser negados por nadie,
es éste disfraz humano
que llora, reza y dice morir,
pero nunca toca su propio ser
ni piensa sus propias ideas.

Soy,
y es todo lo que puedo decir,
no me atrevo a escribir
lo que siento,
solo pienso…
para no exagerar.


jueves, 12 de enero de 2017

Esta tumba vieja

Si muero hoy,
Se llenará mi ausencia
Con todo mi pasado,
Y sonará mi voz
Como campana vieja en el papel.

Se cansará esperando la esperanza
Y el futuro,
Llorará el eco en mi promesa,
Y el tiempo usará las mentiras de la ciencia
Para retrasar una noticia.

No llenaré la tumba vieja
De anchas decepciones,
Y no llevaré todas las fracciones
Del mundo que entendía.



viernes, 23 de diciembre de 2016

El Beso



Te veo desde lejos
sin saber que eres tú,
pero te veo, imagino; 
te acercas con certeza
y toco tu presencia.
Tus labios muestran
el camino del alma,
y tus ojos con calma
se cierran para ver;
tu boca se ilumina 
en la silueta de tu voz callada,
me besas y te beso
y entiendo el amor por un instante infinito,
 ese sabor divino
que se siente entre los dos.
Llueve,
se mojan tus colores,
la noche tiene luna
y por alguna razón 
yo te quiero,
se disuelven mis ideas;
te veo,
pasas,
no me ves,
te vas...
y yo aún te quiero.

martes, 13 de diciembre de 2016

Los días felices(segunda parte)

Ya había rebasado el mediodía y no pasó por mi cabeza volver a casa. Me detuve por unos minutos en el parque a ver cómo jugaban con sus trompos unos niños más grandes que yo, competían para ver cuál trompo seria destruido como castigo por ser el niño menos hábil en el juego; después de ver como entristecía uno de ellos al quedar con los despojos de un trompo que no volvería a la batalla, me encaminé a visitar a la tía Carmen y a mi primo Pedrito, con el que discutí con marcada necedad la cantidad de patas que tenía un pato. Semanas después corroboraría que tenían dos y no cuatro como yo había argumentado ingenuamente; fue ahí donde comí un rico caldo de pollo y me retiré satisfecho.
Mario sintió que un  nudo en la garganta lo asfixiaba, sabía que avanzaba pero no podía percibir sus propios pasos. Levantó la débil mirada y la luz del quinto piso ya estaba apagada, llegó a la puerta de la Facultad de Derecho y cayó inconsciente sobre el camino.
Todo había quedado listo en la casa; mi madre y mi hermana ya habían comido y salieron a buscarme, eran muchos los lugares donde podía estar, eran muchos los que me conocían, me habían visto por las calles; sería fácil encontrarme, sólo tendrían que seguir mis pasos.
Él no lo podía ver, pero una nueva luz aparecería en su camino, un auto que salía de la Facultad, tal vez el único que  estaba ahí esa noche, encontró su cuerpo ensangrentado aún con vida. --- ¡Mario, Mario, despierta!, le habló aquel hombre subiéndolo al asiento del copiloto. --- ¡Mario, Mario!, le sacudió la cabeza. Él abrió los ojos  lentamente  sin  completar  la  silueta  de una mirada, vio un rostro conocido: -- ¡Profesor!, lo reconoció y lo reconfortó esa imagen. El auto avanzó a gran velocidad, se alejó y con él se fue la única luz que delataba una presencia. Entre las sombras se detuvo la silueta enfurecida del cazador frustrado, la presa se alejaba.

--- Sí, comadre, aquí estuvo, jugó con Marito, se comió dos panes con camote y se fue, me delató doña María, como siempre; -- ¿Y no le dijo adónde iba?, siguió investigando mi madre; doña María salió de su casa y señalando mis pasos declaró: -- No dijo nada, pero se fue hacia allá, tal vez fue al parque donde hay muchos niños jugando, es temporada de trompos, informó la comadre, se despidió y cerró  su puerta.  Era verano y  el sol  brillaba aún  con  piedad  sobre  nosotros. -- ¡Cuando lo encuentres, castiga fuertemente a ese enano!, sugirió pacíficamente mi hermanita.--- ¡Siempre es lo mismo, nos hace perder el tiempo!, agregó sus buenos deseos la dulce niña. Dieron vuelta en la esquina que da hacia el parque donde encontrarían abundantes testigos; ahí estaba, un lugar polvoriento lleno de niños traviesos, todos con una función específica y trabajando para la diversión.

El maestro conducía rápidamente para salir del campus y buscar un hospital, volteaba a ver con desesperación al joven herido. --- Pero, ¿quién te hizo esto Mario?, le preguntó angustiado el docente, quien días antes había dicho en su clase: --- Señores, nadie está por encima de la ley en un país democrático como éste, y aquel que crea que puede evadirla sólo porque piense que es errónea, es una clara amenaza para el Estado. --- Un hombre vestido de negro y armado, me detuvo en la salida, respondió con una dolorosa dificultad. --- ¿Pero quién era?, ¿qué te dijo?, lo interrogó con incisiva curiosidad. --- No lo sé…, sólo dijo que ellos eran la ley, que no escaparía…, que el país requería mi muerte, respondía Mario, su voz languidecía y sus fuerzas se iban, cayó cansado, su conciencia volvió a visitar un sueño; no pudo ver que estas respuestas habían descompuesto el rostro de su maestro, que bajó la velocidad y se quedó viendo hacia el vacío con una clara idea que lo aterraba.

--- ¿Alguien ha visto a mi hijo?, preguntó mi madre sin saber la cantidad de respuestas que recibiría: --- Sí señora, yo lo vi, se fue a jugar Nintendo, respondió uno de ellos; --- No, no, no, él me dijo que se iría a comprar un trompo, informó el segundo; --- Yo le diré la verdad señora, se fue a robar naranjas al campo, afirmó otro con mayor seguridad. Uno tras otro argumentaba decir la verdad y saber dónde estaba exactamente el pequeño fugitivo. Cansada y confundida escuchaba la señora de mi casa todas esas respuestas, hasta que llegó doña Petra: --- No les haga caso comadre, qué imaginación tienen estos niños para inventar tanto disparate, ¡montón de mentirosos!, le aconsejó la vecina, hace dos horas, más o menos, lo vi en la salida del pueblo, le rogaba a Beto para que lo lleve en su bicicleta a visitar a su madre, despejaba las dudas de mi madrecita la atenta y confiable señora. Ella sabía que me encantaba ir a casa de doña Sofi a comer frutas y a ilusionarme con la promesa de Beto de armarme una bicicleta con las piezas de su taller. Pero no me encontraría, ya estaba muy lejos, tendría que esperar a que me entreguen por la noche.

Mario volvía a tomar fuerzas, no sabía cuánto tiempo había pasado, lo primero que oyó fueron suplicas de absolución: --- Perdóname Mario, no tenía opción, eres mi mejor alumno, pero ni tú ni yo podemos contra  esto, perdóname, se disculpó el profesor con una voz débil y entrecortada, pensando que el herido aún dormía. El carro se detuvo y la puerta se abrió sorpresivamente, lo tomaron sin ningún cuidado de los brazos y lo arrastraron hasta los pies del teniente Rivas. Aquel alumno ejemplar se convertía ahora por decreto en una amenaza para el Estado. Nadie puede imaginar ni atestiguar los sentimientos de todos los “Marios” que capturó el teniente Rivas, nadie vivió para contarlo. --- Gracias, profesor, usted siempre sabe qué elegir por su bien, váyase tranquilo. ¡Ah! y acuérdese: esto que saben todos, no se lo diga a nadie, despidió el militar al maestro, esbozando una sonrisa complacida. El Gringo y El Loco subieron la presa a la camioneta y se marcharon; eran hombres que hicieron patria llenado con sangre de “traidores” el último cuadro de nuestra bandera. En cuanto a mí, en la noche me entregaron a una madre un poco molesta y que me aplicó el mismo castigo de siempre: el baño con agua fría, lo cual explica mi actual aversión extrema a la lluvia invernal y a bañarme sin calentar el agua. Pero volví a escapar…, y muchas veces más.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Los días felices (primera parte)

Se había olvidado del dolor y corría entre los edificios manchados con la pintura, simuladora  de sangre, que usaba el ejército rojo para representar su tácita presencia; no encontraba refugio ni ayuda, ya era de noche y aún no sabía qué estaba pasando. Lo único que tenía hasta entonces era miedo, volvía el rostro y podía ver que no conseguía distancia para huir del teniente Rivas, el verdugo que había dejado las huellas de su arma en el hombro de Mario.

Por la mañana, bajo el mismo cielo, bajo la mesa más cercana a la puerta, mi pequeña cabeza elaboraba el plan para escapar una vez más y seguir conociendo las calles que las fronteras de mi casa me habían negado; mi madre era inmensamente amable y mi padre, aunque ausente todo el día, era mi ejemplo de vida. Sin embargo, no querían que a mi corta edad saliera solo a la calle a buscar respuestas claras que ya no podían darme lo conocido de mi cálido hogar.

Los edificios grandes y grises desaparecían poco a poco en la oscuridad, las pocas luces de la Universidad eran tenues y distantes;  aún así, Mario Quispe no podía desaparecer  de los ojos de su experto cazador. Cuánto tiempo más podría correr sin ser alcanzado por ese hombre o ser  atrapado por las mismas rejas que resguardan a los estudiantes; Rivas le había dicho que el país requería su muerte y nunca dio explicaciones del porqué, Mario se abalanzó sobre el teniente y logró lanzarlo al suelo, pero no libró la bala que quedaría incrustada en su hombro.

La misión de escapar esa mañana era difícil, la puerta tenía  el cerrojo más alto, dos vueltas con llave y una cadenita que era fácil de quitar, pero requería segundos importantes. Mi  madre no dejaba detalles sueltos que pudieran permitir mi fuga, ella sabía que mis ganas de salir ya habían librado muchos obstáculos anteriormente y sus castigos no habían reprimido mi curiosidad; sus múltiples actividades  en la casa y mis cálculos precisos en la rutina me daban las oportunidades que necesitaba para cumplir mi objetivo.
Atravesó con tropiezos la cancha de fútbol, ahí donde hace un mes había disfrutado de un memorable partido con El Negro, El Chato y Luis Felipe, aquellos amigos que extrañamente dejaron de ir a la Facultad hacía tres semanas, compañeros muy inteligentes que alternaban sus clases con reuniones de un grupo de izquierda. A Mario no le gustaban del todo ese tipo de reuniones y se negó  por  años  a  asistir, a pesar de la insistencia de su mejor amigo Luis Felipe; -- ¿Qué, acaso no te interesa lo que pasa en el país?, El Chino se apodera del Congreso, interviene la prensa nacional y cierra los canales que no le caen en gracia, ¿y no piensas hacer nada?, le recriminaba concienzudamente. Tropezó y fue a dar al suelo, cuando un recuerdo le cayó pesadamente: había aceptado, hace aproximadamente dos meses, ir por primera vez con su amigo a una reunión para discutir la postura del grupo “Mariátegui” ante las acciones violentas del ejército rojo, del cual, estuvieron siempre deslindados; intentaba creer que todo eso era una pesadilla, volvió el dolor y volvió él a sus miedos cada vez más claros, giró el rostro y vio  aparecer en el horizonte empastado al mensajero de las muertes injustas. Se incorporó con dificultad, pues había dejado sus fuerzas en un charco de sangre aún viva; parecía claro que su presencia en aquella discusión política era la culpa perseguida. Al El Ruso, jefe del servivio de Inteligencia, no se le escapa nada, eso decían los que temían represalias del gobierno. Se arrepintió de ese día  y siguió corriendo.

Minutos antes me había visto jugar tranquilamente en el pasillo, ya le había abierto la puerta del patio a un cómplice, para después desaparecer en el lugar y momento exacto; ella cocinaba apresuradamente cuando por fin tocó a la puerta la involuntaria partícipe de mi huida. Toña, la experta en noticias del barrio, venia nuevamente por un vasito de aceite, la puerta había perdido todos sus amarres pero ahí estaba la voluptuosa vecina, obstruyendo el paso y con esos enormes ojos delatores nunca me dejaría salir; mi madre le entregó con prisa el aceite y vio cómo el perro se encaminaba a tomar una deliciosa pieza de pollo abandonado por segundos en la mesa, cerró descortés e imprudentemente la puerta ante mi satisfacción bajo la mesa y corrió con la escoba en las manos. Minutos después con el pollo de la comida a salvo, entró en razón, vio hacia la puerta que aún tenía el movimiento oscilante que delataba mi ausencia.

¡No corras, Mario, no podrás escapar!, le gritó el teniente, ¡nadie podrá ayudarte, nosotros somos la ley!, aseguró Rivas con tranquilidad. Había perdido mucha sangre, sus ojos disipaban poco a poco la escasa luz que había en su incierto camino. Vio a lo lejos una esperanza, las lámparas del quinto piso de su Facultad estaban encendidas, alguien conocido estaría ahí, alguien que podría ayudarle. Usaría los pasos que le quedaban para llegar, aún tenía la distancia necesaria para alcanzar su inminente refugio.
Cuando mi madre salió con la esperanza de verme y regresarme con un grito amenazante, yo ya había desaparecido. Nunca fui físicamente rápido pero guardaba ciertos secretos para ocultarme de su vista; ella guardaba su coraje y seguía con sus múltiples tareas, había mucho quehacer y este pequeñín estaría, por lo menos, seguro en las cortas calles del pueblo.

Hace tres semanas en una cantina del centro limeño, El Chato, El Negro, Luis Felipe y tres compañeros más, discutían frenéticamente sobre el paupérrimo avance que había tenido la resistencia pacífica de la organización que bautizaron como “Mariátegui”; durante más de media hora se había apoderado del uso de la palabra, en una tediosa y extensa perorata, el líder del grupo, Pablo Méndez, quien citando constantemente las frases de José Carlos Mariátegui, justificó la metodología que seguían hasta ese momento los integrantes de su reducida organización estudiantil. –- ¡Al chino le importa un carajo lo que dice Mariátegui!, interrumpió El Negro abruptamente el discurso de Pablo. Usualmente se quedaba callado, pero ahora tenía el valor de las dos cervezas que se había bebido en menos de veinte minutos. -- ¡Sea cual sea nuestra ideología, pacíficos o violentos, para El Chino somos lo mismo y además…!, el ruido estridente de una camioneta negra al frenar, no dejó terminar el comentario de El Negro.

Mi madre intentó enseñarme lo que eran los límites, yo intenté entenderlo; sin embargo, cuando ya tenía conquistada esa ligera libertad de las calles, me dedicaba a entender la vida, aunque me gastara éste y más días, aunque para eso tuviera que escapar otras veces de mi casa, de mi pueblo, de mi ciudad o de lo que algunos, que sí entendieron los límites, hoy llaman realidad. Usaba la mañana para visitar a varias personas; en la casa de Mario comimos unos ricos panes con camote acompañados de un sabroso y caliente vaso de leche. Su madre me había  visto llegar a esas horas en varias ocasiones, le gustaba contemplar mi cara al ver salir las rodajas humeantes de camotes fritos, apretaba una de mis gordas mejillas y me preguntaba cuántos panes quería; jugaba unos minutos con los juguetes de Mario para después despedirme y salir a mi azaroso itinerario.

--- ¡Ese tío maneja como un loco!, murmuró El Chato. Rápidamente bajaron cinco hombres fuertemente armados; esto asustó a los muchachos que aún no podían imaginar lo que estaba pasando. Al final y lentamente bajó de la camioneta un hombre que ocultaba sus ojos detrás de una gafas oscuras, era Rivas, el brazo derecho de El Ruso. Con una mirada y un gesto mandó guardarse al encargado de la cantina. --- Tranquilos, hijos, sólo vamos a dar un paseo,  advirtió el teniente con voz grave. --- ¡Vamos, súbanse!, ordenó. Esto alteró aún más a los compañeros que sólo atinaron a pedir explicaciones. El Negro no pudo contener su nerviosismo y en un impulso irracional se lanzó a correr. Automáticamente el mejor ubicado lo detuvo con una certera descarga de su arma. Aquel ruido, jamás experimentado por los jóvenes los lanzó al piso e hizo que el creciente miedo se convirtiera en terror y les brotara en forma de lágrimas. --- ¡Vamos carajo, arriba!, gritó el líder y mandó subirlos con los golpes necesarios. Al día siguiente, Lima amaneció sin novedad, el país cada día mejor y la niebla volvió a cubrir media ciudad.